El 11-S, la guerra contra el terror y la acción humanitaria

El 11-S, la guerra contra el terror y la acción humanitaria
Texto y foto: Bruno Abarca

La crisis humanitaria de Ruanda de 1994 dejó al descubierto las limitaciones del sistema humanitario e impulsó profundas reflexiones sobre la calidad, los principios y el rol político de la acción humanitaria. Comenzó a plantearse un nuevo humanitarismo menos neutral y más politizado. Pese a que también había críticos y detractores, los atentados del 11 de septiembre de 2001 y la posterior “guerra contra el terror” terminaron forzando la politización de la ayuda hasta extremos no buscados.

El artículo recorre esta transformación, sus consecuencias en la reducción del espacio humanitario y cómo sentó las bases de las reformas que vendrían después, también fundamentales en la historia de la acción humanitaria.

La acción humanitaria a comienzos del siglo XXI: entre la politización y los principios

Las miradas hacia un nuevo humanitarismo menos neutral

Cuando el nuevo milenio comenzó, el fin de la Guerra Fría ya quedaba atrás. De sus cenizas y de los errores y aprendizajes de la década anterior surgía un nuevo humanitarismo (Fox, 2001). Este nuevo humanitarismo nacía con un fuerte sentimiento de ruptura con los principios humanitarios (en especial la neutralidad) y una defensa de una acción humanitaria más consciente políticamente, posibilitando así el vínculo entre la ayuda humanitaria, el desarrollo, la promoción de los derechos humanos y su coherencia con la agenda global de seguridad (Macrae & Leader, 2000).

Entre los cambios más notables en este giro hacia un nuevo humanitarismo estaba el rechazo al principio de neutralidad. Esto se debía, en gran parte, a lo amoral del silencio ante las violaciones de derechos humanos y los crímenes de guerra en las crisis de Ruanda y Bosnia en la década anterior. También había, sin embargo, aspectos prácticos: ¿cómo defender unos principios únicos cuando se multiplican las organizaciones civiles y militares con mandato humanitario, diferentes niveles de madurez ética y que usan las mismas palabras con significados diferentes? ¿y era acaso posible mantener la neutralidad en mitad de una disputa violenta entre grupos armados y en emergencias humanitarias complejas altamente politizadas? (Slim, 1997)

Otras voces, sin embargo, advertían de los peligros de un humanitarismo politizado, señalaban la imposibilidad de predecir el impacto a largo plazo de las intervenciones humanitarias, denunciaban los problemas éticos de hablar de víctimas merecedoras y no merecedoras de asistencia humanitaria (Stockton, 1998).

El humanitarismo sin fronteras

Al mismo tiempo, desde la tradición del humanitarismo sin fronteras, representada por MSF, se criticaba la neutralidad, pero no para politizar la ayuda, sino para preservar la autonomía de las organizaciones humanitarias y su capacidad de dar testimonio ante las injusticias y de insistir en las responsabilidades políticas.

MSF recibió el premio Nobel de la Paz en 1999. James Orbinski, su presidente internacional, al recibir el premio, fue muy claro: “El acto humanitario es el más apolítico de todos los actos, pero si sus acciones y su moralidad son tomadas en serio, tiene la más profunda de todas las implicaciones políticas.” (Orbinski, 1999)

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En cualquier caso, los atentados del 11 de septiembre de 2001 y sobre todo la posterior “guerra contra el terror” impusieron poco después una instrumentalización obligada de la acción humanitaria, estimulando aún más las voces de quienes defendían el respeto a los principios humanitarios frente a la politización.

El 11-S y la guerra contra el terror: un nuevo escenario para la acción humanitaria

El 11 de septiembre de 2001, Al Qaeda perpetró cuatro ataques contra los Estados Unidos, dejando 2.977 víctimas mortales y miles de personas heridas.

De manera inmediata, los Estados Unidos, bajo la administración de George W. Bush, respondieron con una gran ofensiva contra lo que identificaron como la fuente primaria de estos ataques: grupos terroristas y los estados frágiles en los que estos proliferaban. Esta ofensiva, comúnmente denominada durante años “guerra contra el terror”, consistió principalmente en intervenciones militares unilaterales en Afganistán, Irak y otros países (Thieux, 2006).

En paralelo a las invasiones e intervenciones militares, la guerra contra el terror desencadenó una serie de importantes cambios en la política exterior de Occidente. Estos cambios, impulsados desde los principales países donantes de ayuda internacional, tuvieron importantes consecuencias en el sistema humanitario y en la reducción del espacio humanitario en que sus organizaciones operan (Collinson & Elhawary, 2012).

Las grandes potencias trataron de subordinar la acción humanitaria a la nueva agenda global de seguridad, borrando en muchos casos las líneas que la separaban de las intervenciones políticas y militares.

La instrumentalización de una acción humanitaria subordinada a objetivos políticos

Las ideas de “coherencia” de los años 90 dieron paso a una acción humanitaria absorbida por las agendas de seguridad en los 2000

Los vínculos entre acción humanitaria y política que tanto se impulsaron en la década anterior alcanzaron una enorme dimensión en los años siguientes al 11-S. Las propuestas de las Naciones Unidas en favor de una visión integradora de la seguridad humana (Boutros-Ghali, 1992), o las políticas adoptadas por los gobiernos de algunos países donantes para integrar la acción humanitaria bajo el marco de su política exterior (Macrae & Leader, 2000) cobraron ahora un nuevo significado mucho más polarizado.

Esto se vio claramente en el «Either you are with us, or you are with the terrorists» (o estáis con nosotros o estáis con los terroristas) pronunciado por Bush el 20 de septiembre de 2001. Aunque estaba dirigido a las naciones extranjeras (Bush, 2001), también asfixiaba cualquier posibilidad de neutralidad en la acción humanitaria.

Hasta los años 90, la seguridad se entendía sobre todo desde la protección de la soberanía estatal frente a agresiones militares externas. Ahora, sin embargo, se reconocía que cuestiones como la pobreza, el hambre o las enfermedades eran también amenazas para la paz social y la estabilidad del orden mundial (Boutros-Ghali, 1992). Bajo esta visión, la acción humanitaria podía ser estratégica para abordar las causas profundas de un conflicto, por lo que de repente recibió una atención renovada tras los ataques del 11-S (Farer, 2003).

La politización de la ayuda condujo también a su militarización

La acción humanitaria fue adoptada por líderes militares y políticos como una herramienta estratégica y una “fuerza multiplicadora”, en ocasiones esencial para el éxito de las intervenciones militares (Lischer, 2007). Esta politización de la ayuda se manifestaba de maneras muy concretas. Por una parte, los países donantes financiaban ONG para ofrecer acción humanitaria en los países afectados por conflictos por ser considerados amenazas para la estabilidad global, y para la población sometida a regímenes hostiles como los de Sudán o Corea del Norte. Por otra parte, y al mismo tiempo, los propios ejércitos desarrollaban actividades de carácter humanitario (Lischer, 2007).

Posiblemente, el máximo exponente de esta militarización se encuentre en la guerra de Afganistán, iniciada en 2001 en respuesta a los ataques del 11-S. Allí, aviones militares lanzaban a la vez bombas contra objetivos militares y ayuda alimentaria a la población civil (Lischer, 2007). También existen reportes de cómo soldados armados de la coalición liderada por Estados Unidos empleaban vestimenta civil para distribuir ayuda y al mismo tiempo hacer contactos con la población local (de Torrenté, 2002). Un tercer ejemplo podría ser el de los Equipos Provinciales de Reconstrucción, desplegados por los Estados Unidos tras el derrocamiento del gobierno Talibán con el fin de reconstruir infraestructura. Estos equipos estaban formados por entre 60 y 100 soldados, trabajadores humanitarios y oficiales de asuntos civiles, mezclados (Lischer, 2007).

Este tipo de asistencia, aunque a menudo denominada humanitaria, no es acción humanitaria en el sentido estricto establecido en las Convenciones de Ginebra, por no ser neutral, independiente o imparcial. Esto, junto con su escasa efectividad y con la amenaza para la aceptación y la seguridad de las organizaciones realmente humanitarias y su personal, motivó muchas críticas desde las ONG (de Torrenté, 2002). Las consecuencias, efectivamente, no se hicieron esperar demasiado.

Las consecuencias de la politización de la ayuda: un espacio humanitario reducido

Las organizaciones humanitarias, más expuestas a ataques

En agosto de 2003, un atentado terrorista suicida con coche bomba dirigido contra la sede de las Naciones Unidas en Bagdad acabó con las vidas de 23 personas, entre ellas Sergio Vieira de Mello, Representante Especial del Secretario General de la ONU en Irak. Dos meses más tarde, en octubre de 2003, terroristas suicidas hicieron detonar una ambulancia cargada de explosivos en la sede de Bagdad del Comité Internacional de la Cruz Roja, una organización reconocida por su neutralidad, con un mandato reconocido por el Derecho Internacional Humanitario, y una trayectoria de varios años ofreciendo asistencia en Irak (de Torrenté, 2004).

El ataque contra el CICR dejó una incómoda y preocupante pregunta en el aire: ¿si una organización reconocida por el respeto de los principios humanitarios no estaba a salvo de ataques, qué organización estaba segura? Los esfuerzos de países como los Estados Unidos por asociar la asistencia humanitaria con sus objetivos políticos habían hecho imposible que las organizaciones humanitarias se distinguiesen de la acción militar y que pudiesen proporcionar asistencia imparcial basada únicamente en las necesidades (de Torrenté, 2004).

No fueron los únicos ataques, ni las únicas organizaciones atacadas. En 2003, 13 trabajadores humanitarios fueron asesinados en Afganistán. El número ascendió a 24 en 2004 y 31 en 2005 (Lischer, 2007). Aunque no es fácil extraer conclusiones sobre la realidad de la reducción del espacio humanitario en este periodo, ya que también es cierto que coincidió con un aumento del personal humanitario en zonas de conflicto, muchas organizaciones humanitarias se vieron obligadas a elegir entre retirarse y cancelar sus programas o trabajar con protección armada (Collinson & Elhawary, 2012). Aunque muchas pausaron sus actividades en momentos concretos, el imperativo humanitario y el aumento de la financiación humanitaria disponible llevaron a cambiar el enfoque en contextos volátiles: de evitar el riesgo a gestionarlo con estrategias de seguridad más allá de la mera aceptación y, a menudo, a trasladar ese riesgo a organizaciones locales subcontratadas.

Las medidas contra el terrorismo restringen la acción humanitaria

Los eventos del 11-S también impulsaron la adopción de medidas contra el terrorismo. Algunas de estas medidas tuvieron un importante impacto en las organizaciones humanitarias, al diseñarse para evitar que parte de los fondos destinados a acción humanitaria acabaran en manos de grupos armados. La rigidez de algunas de estas medidas y la falta de concreción en otras obligaron a las organizaciones humanitarias a dedicar grandes cantidades de recursos, tiempo y personal a documentar su estricto cumplimiento.

En otros casos, sin embargo, el problema era aún mayor. Esto ocurría cuando las normativas de los donantes obligaban a las organizaciones humanitarias a compartir información sobre su personal y sus socios locales, quienes percibían el requisito como invasivo y acusatorio. También sucedía cuando la amenaza de sanciones bloqueaba la transparencia en la comunicación y la coordinación entre actores (Pantuliano et al., 2011). Esta presión, en algunos casos, hizo que muchos actores humanitarios redujeran o detuvieran sus acciones en áreas muy volátiles controladas por grupos armados, a pesar de las necesidades de la población local (Burniske et al., 2014).

La financiación humanitaria, condicionada por donantes beligerantes

El sistema humanitario, relativamente nuevo y en expansión, no fue capaz de mantener su independencia frente a los objetivos de seguridad y estabilidad de las políticas exteriores de unos donantes que tomaban parte en los conflictos. Esto, sin embargo, se produjo con gran asimetría. Mientras que algunas ONG mantuvieron una cierta separación con los poderes políticos dominantes (MSF, por ejemplo, rechazaba financiación de gobiernos beligerantes en un conflicto), otras ya tenían una importante dependencia financiera de fondos públicos estadounidenses.

En 2001, más de la mitad de la financiación de importantes ONG humanitarias como CARE, Save the Children US o IRC provenía del gobierno de los Estados Unidos (Stoddard, 2003). Cuando la financiación humanitaria privada se contrajo tras el 11 de septiembre de 2001, la dependencia de financiación pública se agudizó, y muchas ONG de tradición Wilsoniana aceptaron con relativa comodidad la nueva realidad política y su interdependencia con la administración norteamericana.

En 2003, el gobierno de Suecia impulsó la iniciativa Good Humanitarian Donorship, en un intento de autorregulación y rendición de cuentas de los donantes. Sin embargo, aunque esta iniciativa reafirmó la importancia del principio humanitario de independencia, lo hizo de forma deliberadamente débil y no logró ningún cambio de calado frente a la lógica dominante de la politización de la ayuda (Macrae & Harmer, 2004). Poco tiempo después, en 2005, el sistema humanitario emprendería su primera gran reforma. Sin embargo, ni esta ni otras transformaciones posteriores lograrían revertir del todo la erosión del espacio humanitario que la guerra contra el terror había acelerado. Muchos de aquellos problemas aún prevalecen hoy.

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Abarca, B. (12 de junio de 2026). El 11-S, la guerra contra el terror y la acción humanitaria. Salud Everywhere. https://saludeverywhere.com/accion-humanitaria-y-cooperacion-al-desarrollo/el-11-s-la-guerra-contra-el-terror-y-la-accion-humanitaria/

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