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Ruanda 1994 y el nacimiento del humanitarismo moderno

Reforma humanitaria tras la crisis de Ruanda (1994)
Texto y foto: Bruno Abarca

El genocidio y la gran crisis humanitaria de Ruanda en 1994 supuso un punto de inflexión en la historia de la acción humanitaria. En primer lugar, evidenció las fallas de la comunidad internacional para prevenir y detener un genocidio. Además, también expuso debilidades en la preparación, coordinación y rendición de cuentas del sistema humanitario ante emergencias complejas, en las que la violencia se superpone con grandes desplazamientos poblacionales forzosos. 

La evaluación de la respuesta humanitaria a esta crisis, junto con los análisis de las intervenciones en otras crisis humanitarias complejas como las de Bosnia y Somalia, fue un factor clave para impulsar un proceso de reforma que ya era incipiente y había dado pasos significativos en múltiples direcciones. 

La crisis de Ruanda en 1994 y la evaluación de la respuesta humanitaria

Violencia, genocidio, desplazamiento poblacional forzoso y emergencia de salud pública

Las tensiones sociales y políticas entre hutus y tutsis, exacerbadas durante el periodo colonial belga (1916-1962) y tras la declaración de independencia en 1962, resultaron en 1990 en una guerra civil que alcanzó los niveles más extremos de violencia en 1994. El 6 de abril de ese año, un ataque (de autoría aún no esclarecida) acabó con la vida del presidente del gobierno. Este hecho sirvió de pretexto para que extremistas hutus activasen un plan de exterminio ya preparado contra  la (minoritaria) población tutsi y contra hutus moderados, percibidos como traidores. En tan solo cien días, de abril a junio, la guardia presidencial, milicias, autoridades locales y población civil movilizada asesinaron a entre 500.000 y 800.000 tutsi en matanzas sistemáticas. No hubo una acción coherente de la comunidad internacional para detener el genocidio.

A primeros de julio, el Frente Patriótico Ruandés,  tras tres meses de enfrentamientos militares, logró retomar el poder del país, estableciendo un gobierno de unidad. Por el temor a represalias, más de dos millones de personas (mayoritariamente hutus, incluyendo extremistas, miembros de las milicias y perpetradores del genocidio) huyeron a los países vecinos: Burundi, Tanzania y Zaire (hoy, la República Democrática del Congo). Entre ellas, 850.000 huyeron por la frontera norte hasta Goma, concentrándose con una rapidez extraordinaria en la ciudad y sus alrededores.

En las semanas siguientes, Goma fue el escenario de una emergencia de salud pública de enormes proporciones. Aproximadamente 50.000 personas (entre el 6% y el 10% de la población) fallecieron en tan solo el primer mes, sobre todo debido a epidemias de cólera y disentería, agravadas por la deshidratación y la violencia. El terreno de roca volcánica en el que se encontraban dificultó la perforación de pozos, el suministro de agua potable y la instalación de infraestructura de saneamiento básica. Esto, junto con el hacinamiento causado por un flujo migratorio inmediato y masivo, favoreció la transmisión feco-oral de enfermedades. Las organizaciones humanitarias se vieron superadas por la situación, también complicada por la inseguridad extrema causada por las milicias armadas hutus que controlaban los improvisados campamentos.

Respuesta humanitaria a la emergencia compleja: escala y características

Una vez declarada la emergencia y el brote de cólera en Goma, e impulsada por una gran cobertura mediática, la comunidad internacional se volcó en una respuesta humanitaria a gran escala. Además de las ONGs internacionales y agencias de Naciones Unidas habituales en crisis complejas, se unió una gran multitud de actores, incluyendo agencias de protección civil y respuesta a desastres de países donantes, contingentes militares, así como otras muchas ONGs con menos experiencia. Así, pronto consiguieron distribuir agua y alimentos y establecer centros de atención sanitaria.

Dentro de Ruanda, la violencia extrema que comenzó en abril de 1994 supuso un gran obstáculo para la ayuda humanitaria, necesaria para miles de personas desplazadas internas. Tan solo unos pocos actores pudieron operar, con gran dificultad y riesgo, en las zonas controladas por los genocidas. Por el contrario, en las zonas que el Frente Patriótico Ruandés fue controlando, hubo mejor acceso humanitario. El coraje y la determinación de organizaciones como el CICR (Comité Internacional de la Cruz Roja), MSF, el equipo avanzado de las Naciones Unidas, Caritas y el Programa Mundial de Alimentos permitieron evitar la hambruna. En el suroeste del país, una fuerza militar francesa pudo crear una zona segura. Aunque esto permitió la protección de civiles en esta zona, también atrajo actores humanitarios que tardaron tiempo en establecer capacidad operacional y desviaron su atención de los flujos migratorios del noroeste, más concentrados y menos protegidos.

Tanzania recibió 200.000 personas en abril de 1994 que huían del genocidio. Allí, la respuesta fue coordinada con gran eficacia por el ACNUR, que contó con el apoyo inicial del gobierno tanzano. Sin embargo, el flujo migratorio continuó aumentando los meses posteriores y, cuando se produjo la crisis de Goma y se concentró allí la atención internacional, la situación en Tanzania se deterioró. El suministro de agua y la infraestructura no se habían planificado para una respuesta de esta duración.

En Burundi hubo menor densidad de personas refugiadas provenientes de Ruanda. A pesar de encontrar un contexto altamente violento y políticamente inestable, ACNUR y algunas ONGs internacionales pudieron ofrecer una respuesta humanitaria eficaz.

La evaluación conjunta de la acción humanitaria en Ruanda y sus hallazgos

Debido a la magnitud de la crisis de Ruanda, a finales de 1994 se lanzó una evaluación multinacional sin precedentes para extraer lecciones que pudieran ser relevantes para las operaciones en curso. Uno de los cuatro estudios que formaron parte de esta evaluación, liderado por John Borton y publicado en 1996, se centró en analizar el desempeño del sistema humanitario.

El estudio destacó una debilidad fundamental del sistema humanitario: la ausencia de mecanismos para monitorear y analizar información de la evolución de la situación y para emitir alertas en áreas sin apenas cobertura de agencias humanitarias. Las escasas organizaciones con capacidad de respuesta en medio de la violencia ofrecían datos parciales y fragmentados. Había datos y estimaciones de algunas organizaciones sobre personas en necesidad de asistencia que no llegaron a otras organizaciones clave. Al mismo tiempo, las operaciones militares fueron alterando sobre la marcha las dinámicas de la crisis y de la respuesta. Mientras que muchos actores se concentraron en la frontera de Tanzania y en la «zona segura» del suroeste de Ruanda, en Goma apenas quedó un pequeño remanente de personal, con un plan de contingencia para unas 50.000 personas, muchas menos de las que finalmente llegaron. Se esperaba que, de ser necesaria una respuesta humanitaria más intensa, podría activarse la vía aérea con rapidez, pero no se preposicionaron bienes ni equipos.

La situación en Goma podría haber sido mucho peor de no haberse realizado una nueva misión de varias agencias para evaluar necesidades en el noroeste del país justo después de la victoria del Frente Patriótico Ruandés y antes de la llegada del gran flujo migratorio. Esto permitió una movilización extraordinariamente rápida, aunque inicialmente insuficiente para la dimensión de la crisis. La dependencia de la vía aérea supuso un cuello de botella logístico, complicada también por el envío urgente de algunos cargamentos no prioritarios que no correspondían a lo que se solicitaba. La necesidad de maquinaria pesada, por ejemplo, no fue satisfecha hasta septiembre.

Igualmente, hasta marzo de 1995 no se abordó con la prioridad necesaria el problema de la inseguridad y la violencia en los campos en Goma, que dificultó enormemente la acción humanitaria. También hubo problemas de coordinación entre importantes actores, creando duplicaciones y dejando necesidades no cubiertas.

Aprendizaje y recomendaciones para mejora de la acción humanitaria en crisis complejas

La evaluación conjunta reveló problemas clave, pero también propuso recomendaciones y soluciones. Entre los temas prioritarios se encontraban:
  • El vacío político de la comunidad internacional para frenar los planes de exterminio y el genocidio. La violencia expulsó a muchas organizaciones humanitarias de Ruanda y persistió durante los movimientos de personas refugiadas a los campos en Goma y otras zonas fronterizas. Las organizaciones humanitarias hicieron lo que pudieron en un escenario de altísimo riesgo, pero su personal se veía obligado a abandonar los centros de tratamiento de cólera de los campos cada noche y resultaba imposible garantizar un reparto equitativo de alimentos, por ejemplo. Todo esto evidenció que la acción humanitaria no puede ser un sustituto en emergencias complejas de la acción política, diplomática y (en algunos casos) militar.
  • La falta de inversión en preparación ante la crisis. La aversión al riesgo de los donantes limitó la financiación de planes de contingencia para emergencias que podían no ocurrir, sin tener en cuenta que, de ocurrir finalmente, la respuesta rápida llegaría tarde. No se trataba solamente del preposicionamiento de bienes esenciales, sino también de movilizar personal clave técnico y de logística y de preparar equipos de comunicación y transporte.
  • La importancia de los mecanismos de alerta temprana. Para poder contar con planes de contingencia útiles, eran necesarias además mejoras en los flujos de información y comunicación entre agencias y con ONGs a todos los niveles.
  • La necesidad de mejorar la coordinación entre actores. Entre 250 y 300 organizaciones humanitarias y más de 20 donantes participaron en la respuesta en Ruanda y los países vecinos. ACNUR asumió el liderazgo en la respuesta al desplazamiento de personas refugiadas, contando para ello con apoyo financiero e institucional. Sin embargo, dentro de Ruanda, la coordinación de la respuesta estuvo más fragmentada. Allí se estableció una estructura temporal ad hoc de coordinación de la respuesta en Ruanda (UNREO) en abril de 1994, apoyada desde el extranjero por el Departamento de Asistencia Humanitaria de las Naciones Unidas. Pero llegó tarde, carecía de recursos suficientes y experiencia en coordinación humanitaria y no tuvo una relación clara con las agencias operativas de Naciones Unidas y las ONGs.
  • El desempeño de las ONGs y la rendición de cuentas del sistema humanitario en general. Se reconoció el trabajo y el rol vital de muchas ONGs, pero también se criticó la falta de profesionalidad, responsabilidad, coordinación técnica y rigor en la rendición de cuentas para la evaluación de impacto y desempeño de otras muchas. Esto subrayó la necesidad de un conjunto de estándares humanitarios (ya en desarrollo para entonces) y su difusión global. También se llegó a sugerir la creación de un sistema de acreditación para ONGs y de un «defensor del pueblo» humanitario.

Efectos y consecuencias de la evaluación de la acción humanitaria en Ruanda

La evaluación subrayó que la financiación de la acción humanitaria se empleó como sustituto de las acciones políticas y militares que podrían haber frenado el genocidio. A pesar de ello, las revisiones del cumplimiento de estas recomendaciones en 1995 y 2004 mostraron escaso avance en la prevención y supresión de los genocidios y los abusos masivos de derechos humanos

En lo que concierne a la respuesta humanitaria, no todas las recomendaciones tuvieron el efecto deseado, ni todos los cambios posteriores en el sistema humanitario coincidieron con la visión y las propuestas de la evaluación. Algunas propuestas, directamente, fueron rechazadas, como la recomendación de crear un «defensor del pueblo» humanitario, la de combinar las funciones humanitarias de las diferentes agencias de Naciones Unidas en una sola, la de que toda la financiación humanitaria fuese controlada por una entidad neutral, o la de establecer un sistema internacional de acreditación de organizaciones humanitarias, de modo que solo las que cumpliesen ciertos requisitos pudiesen registrarse, recibir permisos de trabajo para su personal, o contar con privilegios de importación en los países de intervención.

Sin embargo, muchas de las conclusiones y propuestas del documento catalizaron importantes cambios y avances en rendición de cuentas, estándares humanitarios y profesionalización. También ayudaron a consolidar y sostener iniciativas de mejora que ya estaban en progreso, y cuya importancia ahora quedó fuera de toda duda.

El Código de Conducta relativo al socorro en casos de desastre

El origen del Código y su coincidencia temporal con el genocidio de Ruanda

En 1991, la Cruz Roja Francesa propuso a la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y la Media Luna Roja y al Comité Internacional de la Cruz Roja la elaboración de un código de conducta en acción humanitaria. La Guerra Fría acababa de terminar, y el sistema humanitario no parecía capaz de ofrecer asistencia de calidad y a escala en crisis humanitarias complejas, con un gran trasfondo bélico y político. Muchas organizaciones independientes, provenientes del trabajo en desarrollo rural y atención en desastres naturales, o poco profesionales, no tenían experiencia en situaciones de conflicto.

La propuesta se llevó ante el Steering Committee for Humanitarian Response, que encargó a Peter Walker (IFRC) y Tony Vaux (Oxfam) su redacción. En 1994 publicaron el Código de conducta relativo al socorro en casos de desastre para el Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja y las Organizaciones No Gubernamentales (ONG), al mismo tiempo que se producía el genocidio de Ruanda. Esta cercanía temporal ayudó a que se percibiese como una importante herramienta para abordar los problemas y la falta de estándares observados en esa y otras emergencias complejas de la época. 

El contenido del Código de Conducta: 10 principios éticos de conducta y 3 anexos

El Código de Conducta pretendía establecer estándares de comportamiento para todas las organizaciones humanitarias, basados en los principios humanitarios del Movimiento de la Cruz Roja y la Media Luna Roja. Es más, sus cuatro primeros principios éticos de conducta son, básicamente, una reformulación de los principios humanitarios de humanidad, imparcialidad, independencia y neutralidad (aunque la reformulación de este principio en el artículo 3 es  especialmente ambigua). Los siguientes seis principios de conducta, sin embargo, abordan otras cuestiones, como el respeto a la cultura local, el fortalecimiento de las capacidades locales, la participación de las personas beneficiarias, la reducción de las vulnerabilidades a futuros desastres, la rendición de cuentas y el respeto a la dignidad de las personas en las acciones de información y comunicación pública.

Además de esto, el Código incluía tres importantes anexos para incidencia política. Dos de ellos interpelaban directamente a los gobiernos para respetar la independencia e imparcialidad de las agencias humanitarias no gubernamentales, facilitar el acceso a las personas afectadas, asumir sus responsabilidades políticas en la planificación y coordinación de la ayuda, y cumplir el derecho internacional humanitario. Un tercer anexo instaba a las organizaciones intergubernamentales (como las Naciones Unidas) a que apoyaran la coordinación humanitaria local y que reconocieran a las organizaciones humanitarias no gubernamentales como aliadas y socias, las protegieran y les dieran acceso a la misma información que se garantizaba a sus propias agencias. Para muchos y muchas, sin embargo, estos tres importantes anexos quedaron en un invisible segundo plano.

Impacto y legado del Código de Conducta de 1994

El Código de Conducta, en realidad, no supuso un gran cambio inmediato en la manera de comportarse de las organizaciones que lo firmaron, tal y como el propio Walker reconoció años más tarde. En parte, esto se debió a que era voluntario y no legalmente vinculante. Por ello, no había mecanismos claros para la rendición de cuentas o la sanción de violaciones del Código. Además, ni las grandes declaraciones ni la difusión del Código por las organizaciones a su personal se transformaron en un compromiso y cambio coherentes. El Código de Conducta pasó a formar parte esencial de los procesos de inducción del nuevo personal, y a menudo se consultaba a la hora de actualizar los planteamientos estratégicos de las organizaciones, pero luego se guardaba en un cajón durante la implementación de los programas. Tampoco las organizaciones no gubernamentales aprovecharon suficientemente el potencial para la incidencia política de los anexos del Código.

Otra importante crítica al Código viene de sus raíces occidentales, desde la visión de las sedes de las organizaciones internacionales, sin apenas considerar las ideas y voces de las organizaciones locales. Esto, que también afectó a otras muchas iniciativas de la época, chocaba con la emergente visión de una acción humanitaria descolonizada y localizada.

En cualquier caso,  el Código sí jugó un papel clave para difundir los principios humanitarios del Movimiento de la Cruz Roja y la Media Luna Roja y solidificar una base normativa común para la práctica totalidad de los heterogéneos actores del sistema humanitario, desde las ONGs a las agencias de las Naciones Unidas. Además, sirvió también para allanar el camino para el éxito del Proyecto Esfera, que años después integraría el Código de Conducta en sus capítulos esenciales. Muchos de sus elementos también sirvieron de base para el desarrollo posterior de la Norma Humanitaria Esencial.

El Proyecto Esfera: efectividad y rendición de cuentas en acción humanitaria

¿Cuál fue el origen del Proyecto Esfera?

Si el Código de Conducta hablaba de cómo ofrecer asistencia humanitaria, de repente surgió la necesidad de consensuar también en qué debería consistir. De hecho, ya había habido algunos intentos en este sentido. Por ejemplo, la alianza estadounidense de ONGs InterAction había empezado a trabajar a principios de los 90, y bajo la coordinación de Lisa Mullins, en una serie de estándares para organizaciones de la sociedad civil. El proyecto «Humanitarismo y Guerra», dirigido por Larry Minear y Thomas G. Weiss, también jugó un papel clave en esa época promoviendo el debate en torno a los principios humanitarios, los dilemas operativos y la profesionalización de la ayuda. Estas y otras iniciativas sirvieron de precursoras para una más, que terminaría teniendo un impacto mucho mayor.

En 1995, Peter Walker, del IFRC, y Nicholas Stockton, de Oxfam esbozaron las primeras líneas de un nuevo proyecto en Ginebra, tras muchas conversaciones acerca de los retos internos y operativos de la respuesta humanitaria. De esa inquietud surgió la iniciativa, que despegaría al contar con el apoyo y entusiasmo de las organizaciones del Steering Committee for Humanitarian Response. Pronto se sumaron al proyecto otras alianzas de organizaciones, como ICVA, la estadounidense InterAction y la europea VOICE, uniendo sus esfuerzos para un objetivo global común que terminaría denominándose Proyecto Esfera.

Con el proyecto Esfera se trató de responder a una pregunta clave: ¿qué deben garantizar las organizaciones humanitarias a las personas afectadas por una crisis? Es más, esta pregunta se planteó desde la óptica de estas personas, sus derechos y los estándares mínimos que esperarían recibir para ayudarles a preservar su vida con dignidad. Para encontrar respuestas y conseguir desarrollar un proyecto tan ambicioso se trató de implicar a todos los actores posibles, buscando también el apoyo de más de diez donantes humanitarios. Esfera no tenía sobreimpreso el logo de ninguna organización. Era de todos y todas quienes sentían la necesidad de mejorar la efectividad y rendición de cuentas de la acción humanitaria.

El hecho de lanzar Esfera poco después de la tragedia de Ruanda fue un factor clave para que el proyecto recibiese un respaldo casi global. Fue un esfuerzo colectivo de autorregulación de las organizaciones humanitarias, en parte también para anticiparse a una posible recomendación de la evaluación conjunta de la acción humanitaria en Ruanda para crear un mecanismo externo de regulación. Y funcionó. El propio equipo de evaluación de Ruanda reconoció el valor de la iniciativa, en lugar de promover alternativas más intervencionistas.

El Manual Esfera de 1998 fue recibido con gran entusiasmo, pero también con críticas y recelo

La primera versión piloto del Manual Esfera vio la luz en 1998. Mayoritariamente, tuvo una gran acogida. Esto se reflejó en la rápida multiplicación de traducciones del manual a muchos idiomas y en la gran demanda de talleres formativos sobre Esfera en numerosos contextos. Había sed de estándares técnicos comunes.

Sin embargo, también hubo críticas y hasta distanciamiento del proyecto por parte de varias organizaciones humanitarias, principalmente francesas. ¿Y si un énfasis tan fuerte en estándares técnicos terminaba usándose como una receta rígida, entendida como un fin en sí misma, priorizada por delante de la responsabilidad ante las personas? ¿Eran los estándares aplicables a cualquier contexto? ¿Cómo se vinculaban los criterios técnicos con la Carta Humanitaria? ¿Dónde se abordaba la importancia de la protección? ¿Cómo podían aplicarse efectivamente los principios humanitarios si no se establecía una jerarquía entre ellos? Finalmente, y sobre todo, se temía que el Proyecto terminara trasladando la responsabilidad política de las crisis humanitarias y la carga de la rendición de cuentas de los gobiernos a las agencias humanitarias, y que los estándares se convirtiesen en un mecanismo de control de los donantes sobre los implementadores.

Impacto y relevancia de las sucesivas actualizaciones del Manual Esfera hasta hoy

La difusión del Manual Esfera no solo consistió en darse a conocer. Por el contrario, y siempre con la intención de hacer del proyecto algo global y de todo el sistema humanitario, se realizaron intercambios de experiencias sobre su aplicabilidad en numerosos contextos y países.

Con el tiempo, las nuevas ediciones del manual (en 2000, 2004, 2011 y 2018) fueron incorporando cambios basados en esas discusiones, mejoras y ampliación de sus contenidos, e incluso estándares provenientes de otras iniciativas coherentes con la vocación del proyecto, como la Norma Humanitaria Esencial. Esta evolución ayudó a Esfera a superar algunas de las limitaciones iniciales y a encontrar su lugar en el sistema humanitario, más como referencia que como norma fija. También se consolidó su papel como fundamento técnico y normativo para la incidencia política ante los gobiernos, responsables de crear un espacio humanitario en el que el cumplimiento de los estándares de Esfera sea posible.

El Proyecto Esfera ha introducido un lenguaje común en el sector humanitario, convirtiéndose con los años en un elemento fundamental de la identidad y la cultura de muchas de sus organizaciones. Esfera sigue siendo hoy un punto de referencia y una piedra angular para impulsar la rendición de cuentas y la calidad de la acción humanitaria, aunque en su operacionalización y aplicación aún hay un largo camino por recorrer.

El nacimiento de nuevas organizaciones: ALNAP, People in Aid, HAP y OCHA

En los años posteriores a la crisis de Ruanda también hubo sólidas respuestas institucionales a los fallos del sistema humanitario que se habían detectado en esta y otras emergencias complejas: tenían que ver, principalmente, con el interés por superar los problemas relacionados con la falta de aprendizaje sistemático, la falta de rendición de cuentas ante las poblaciones en necesidad de asistencia humanitaria y las debilidades en coordinación y liderazgo humanitario. 

ALNAP: una apuesta por el aprendizaje sistemático en el sistema humanitario

Algunas de las personas que participaron en la evaluación de la respuesta humanitaria en Ruanda, incluyendo a John Borton, el director del tercer estudio, decidieron dar continuidad a la iniciativa. Para ello crearon un foro para hablar de rendición de cuentas y aprendizaje en el sistema humanitario. Así es como nació la Red de Aprendizaje Activo para la Rendición de Cuentas y el Desempeño en la Acción Humanitaria (Active Learning Network for Accountability and Performance in humanitarian action, más conocida como ALNAP) en Londres en 1997.

Hoy ALNAP continúa siendo una de las redes de evidencia y aprendizaje más influyentes del sistema humanitario. Sus informes y estudios contribuyen a generar evidencia sobre qué funciona, cómo y por qué en la acción humanitaria, a mejorar las evaluaciones de los proyectos humanitarios y el desempeño global del sector, y a hacer frente a los nuevos desafíos que sacuden los cimientos del sistema humanitario. 

El nacimiento de People in Aid y el Humanitarian Accountability Partnership

En 1995, un proyecto de investigación puso el foco en los riesgos derivados de la expansión del número de ONGs y la necesidad de la profesionalización de su personal. El estudio puso de manifiesto que el trabajo humanitario y la cooperación internacional al desarrollo requerían una combinación particular de habilidades y formación, y que eso era un factor determinante de la calidad y la efectividad de la ayuda. Por ello, las organizaciones que desarrollaron el estudio, un año más tarde, publicaron un código de buenas prácticas en la gestión y apoyo a trabajadores y trabajadoras humanitarias, junto con herramientas para que las organizaciones firmantes pudiesen evaluar su progreso respecto a ellas. Esta iniciativa resultó en la creación de People in Aid, una organización establecida para apoyar a las organizaciones humanitarias que desearan mejorar la gestión de su personal.

Mientras que People in Aid consolidaba su mandato, en 1997 un grupo de organizaciones  británicas trató de avanzar con la idea de un «defensor del pueblo» humanitario propuesta en la evaluación conjunta de la respuesta internacional al genocidio en Ruanda. Este mecanismo se se planteaba como una entidad imparcial e independiente que pudiera investigar quejas y abusos reportados por las personas receptoras de asistencia y regular las actividades de las ONGs que no cumpliesen con sus obligaciones legales y los códigos de práctica establecidos. Esta propuesta, de por sí compleja, fue recibida con escepticismo por muchos actores humanitarios que preferían apostar por la autorregulación (siguiendo el modelo del Proyecto Esfera).

🧠 Reflexiona antes de seguir

¿Por qué el sistema humanitario optó por la autorregulación en lugar de un mecanismo externo de rendición de cuentas, y qué consecuencias ha tenido esa decisión para las poblaciones que debería proteger?

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Aunque la idea del «defensor del pueblo» humanitario no prosperó en su forma propuesta inicialmente, terminó evolucionando hacia la creación de HAP International (Humanitarian Accountability Partnership) en 2003. Era una iniciativa de autorregulación lanzada por organizaciones humanitarias, de desarrollo y donantes, para mejorar la rendición de cuentas de la acción humanitaria ante las personas afectadas por crisis, protegiendo así su dignidad y sus derechos. En 2010 publicaron sus estándares en gestión de calidad y rendición de cuentas y en 2014, la primera edición de la Norma Humanitaria Esencial. Tan solo un año más tarde, People in Aid y HAP International se fusionaron en lo que es hoy la Alianza de la Norma Humanitaria Esencial.

La transformación del DHA en OCHA, para coordinar y liderar el sistema

La crisis de Ruanda expuso las limitaciones del DHA (Department of Humanitarian Affairs) creado por el Secretario General de las Naciones Unidas en 1992. Se evidenció la necesidad de un liderazgo más fuerte y con mayor capacidad entre las agencias. En 1998 se lanzó un programa de reforma de las Naciones Unidas que, entre otras cosas, abordó esta prioridad. El DHA pasó a convertirse en OCHA, a quien se le otorgó un mandato más claro y significativo en torno a la coordinación, el desarrollo de políticas y la incidencia en crisis humanitarias.

¿Qué hay del principio de neutralidad y su aplicación en Ruanda?

La evaluación conjunta no abordó el tema de los principios humanitarios y su aplicación en la respuesta al genocidio y la crisis de refugiados y refugiadas en Goma. Su foco estuvo en otras cosas: efectividad, coordinación, logística, información y responsabilidades políticas. Sin embargo, esta crisis compleja volvió a poner en la mesa, una vez más, importantes dilemas sobre la neutralidad y su operacionalización.

El genocidio y la violencia extrema en Ruanda llevaron al límite la interpretación operativa del principio de neutralidad

Algunos autores y autoras critican que, entre abril y julio de 1994, las organizaciones humanitarias incidieron en la necesidad de un alto el fuego y la intervención de tropas internacionales de las Naciones Unidas, sin dar apoyo al Frente Patriótico Ruandés, cuando hacerlo era la única opción viable para detener el genocidio. También critican que muchas organizaciones no quisieron intervenir dentro de Ruanda en las zonas tomadas por el ejército rebelde que trataba de detener el genocidio, pero luego se apresuraron a responder a la crisis de refugiados/as que huían a Tanzania o Zaire. En algunos informes se estimaba que entre las 850.000 personas refugiadas había 20.000 militares bien armados que habían participado en asesinatos, y que ahora controlaban los campamentos, desde los que podían reagruparse y reactivar ataques. En Goma, mientras el personal humanitario hacía lo posible para salvar vidas en medio de una terrible emergencia de salud pública y una gran inseguridad, los perpetradores de las masacres aprovechaban la asistencia humanitaria para obtener recursos y seguridad y para consolidar su poder en el exilio.

Con el tiempo, organizaciones como MSF Francia, por ejemplo, decidieron denunciar las amenazas y el control y desvío de ayuda humanitaria por líderes locales militares y anunciaron su retirada, frustradas por la inacción de la comunidad internacional para enjuiciar el genocidio y para evitar ser cómplices del vacío de responsabilidad política. Esta decisión, sin embargo, no fue bien recibida por otras secciones de la organización, que no consideraban que fuese parte del mandato de MSF establecer la culpabilidad de presuntos genocidas, abriendo un importante debate.

La experiencia de otras organizaciones fue distinta. El CICR ya estaba en Ruanda cuando comenzó el genocidio y contaba con un mandato único en el Derecho Internacional Humanitario. Ese mandato le permitió quedarse en el país cuando casi todas las demás organizaciones evacuaron a sus equipos. Mantuvieron, tal y como les exigía el Derecho Internacional Humanitario, una interpretación estricta de la neutralidad y diálogo constante con todas las partes (incluidos los genocidas). Eso fue esencial para poder operar en un entorno de gran violencia, preservando el acceso a la población que había quedado atrapada y protegiendo la seguridad de su personal. Las circunstancias, sin embargo, sí obligaron al CICR a denunciar públicamente la violencia de manera selectiva en varias ocasiones.

El debate, aún abierto hoy, contribuyó a madurar la comprensión del principio de neutralidad en el sistema humanitario

La experiencia en Goma y los ejemplos mencionados evidenciaron los enormes dilemas operativos y tensiones normativas que las organizaciones humanitarias enfrentan en los conflictos armados. También demostraron que diferentes organizaciones, haciendo una lectura coherente de sus tradiciones, mandatos, responsabilidades y principios, podían terminar aplicando la neutralidad de modos distintos.

Los dilemas de 1994 no resolvieron el debate, sino que lo llevaron más lejos y con más profundidad. Hoy las reflexiones sobre los principios humanitarios y la neutralidad continúan, fruto de más conflictos, más intervenciones humanitarias, más errores, más aciertos, más autocrítica y más ganas de aprender y rendir cuentas ante las poblaciones afectadas por la violencia.

Hitos y reformas

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Cómo citar esta página

Abarca, B. (16 de marzo de 2026). Ruanda 1994 y el nacimiento del humanitarismo moderno. Salud Everywhere. https://saludeverywhere.com/accion-humanitaria-y-cooperacion-al-desarrollo/reforma-humanitaria-tras-la-crisis-de-ruanda-1994/

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